domingo, 24 de septiembre de 2017

Las ciudades emergentes

 Las ciudades emergentes, cabeceras portuarias constituyen quizás un fenómeno singular que caracteriza el período 1880 1914.
En 1880 la población de las ciudades de Rosario y Bahía Blanca, sumadas, era de aproximadamente 30.000 personas. En 1914 había alcanzado a 276.000, es decir casi 10 veces más. En ese periodo la Argentina pasó de cerca de 3 millones a cerca de 8 millones de habitantes. O sea casi tres veces. Este ritmo diferencial solo indica que esas ciudades protagonizaron una explosión originada en el hecho de ser las válvulas que conectaban la producción cerealera con el mundo. Esas válvulas tenían que estar preparadas para manejar con enorme velocidad la logística de transporte, almacenamiento y carga en las bodegas de millones de bolsas de cereal.
Cuanto trigo pasaba, por ejemplo, por el puerto de Bahía Blanca hacia 1900? Unas 200.000 toneladas, unos 5 millones de bolsas. Hacia 1910 Bahía Blanca exportó 641308  toneladas, más que Buenos Aires y que Rosario. En 1892 había exportado tan solo 14 mil toneladas.


En menos de  30 años la casi inexistente Bahia Blanca desplazó a Buenos Aires y a Rosario de la cabeza de la exportación de trigo. Algo muy fuerte debía estar pasando en su zona de influencia, el sur de la Provincia de Buenos Aires. En 1895 los partidos de la zona Sur produjeron 60 mil toneladas. En 1914,  800 mil, eso es lo que  sucedió. Esa explosión del trigo en el sur bonaerense significó que Buenos Aires desalojó a Santa Fe del primer puesto de la producción de trigo. Mientras en la década del 90 Buenos Aires representaba un 20% de la producción nacional, en la década de 1901 a 1910 incrementó su participación a un promedio del 40%. Por eso Bahía Blanca pasó de 9000 habitantes en 1895 a 50 mil en 1914. Ese febril crecimiento solo es equiparable al de la otra gran ciudad-puerto, Rosario. Una nueva actividad., ligada a la función de conectar una zona agrícola de producción extensiva con el mundo, requería una infraestructura de comunicaciones, almacenamiento y carga de buques sustentada por miles de trabajadores que a su vez se convertían en consumidores de vivienda, vestido, alimento, esparcimiento. Al igual que Rosario, Bahía Blanca se convirtió en una ciudad cabeza de un hinterland geográfico que excedía el territorio de la Provincia en la que está ubicada. Mientras Rosario fue cabeza de la Pampa Gringa, un territorio que abarcaba Entre Rios, Sur de Santa Fe y Este de Córdoba, Bahía Blanca se convirtió en la puerta de entrada  y la capital de hecho de la Patagonia, el nuevo territorio a poblar.




domingo, 30 de julio de 2017

Prólogo

LA EXCEPCION ARGENTINA
1880-1914



PROLOGO



Quiero dejar escrito que la pampa y las afueras son enternecedoras de todo mirar argentino y son patrias manifiestas de nuestro sentir.
 Jorge Luis Borges

Escribir este libro ha constituido una audacia. Un No- historiador como yo,  sociólogo, no  parece la persona más dotada para contar el pasado. Los sociólogos hacen análisis sincrónicos y, casi, desconocen el diacrónico, el tiempo. Los historiadores, en cambio,  se sumergen en el pasado, son necesariamente  grandes lectores de documentos antiguos, a veces casi ilegibles, frecuentadores de archivos coloniales, parroquiales, de comunidades extranjeras, de instituciones como la Iglesia o el Ejército, a la búsqueda constante de la verdad que se esconde tras millones de palabras. Ese no soy yo. No frecuento archivos, soy incapaz de leer un manuscrito y carezco de acceso a fuentes documentales privadas. Mi única cualidad es, en todo caso, cierto poder de síntesis, de resumen, el poder de comunicar cuestiones complejas de una manera no compleja. El eclectismo es, en todo caso, mi característica: amo  la historia y no soy historiador, amo la economía y no soy economista.
Estudiando  un objeto definido (el boom argentino entre 1880 y 1914) fui invadido por una certeza: el proceso que protagonizó Argentina entre 1880 y 1914 no ha podido ser interpretado cabalmente por nadie, es de tal complejidad y magnitud que se resiste a cualquier esquema de interpretación. Lo que llama la atención es la multiplicidad de elementos puestos en juego y la compleja interrelación de esos elementos, al punto que fue imposible ‘planificar’ nada. Todo se jugaba en microprocesos cambiantes. Ningún  área se consolidaba para siempre como productora de determinado bien agrario. Ningún producto se aseguraba la permanencia, ninguna técnica, proceso o mecanismo tenía garantizada la estabilidad. Nadie estaba impedido del error o del éxito impensado.  No había planes, se actuaba por ensayo y error. Había, sí, una visión: Argentina , país atrapado en la política menor,  debía salir del estancamiento y progresar, explotando sus riquezas y atrayendo millones de inmigrantes.
Para ser meramente descriptivo, cualquier interpretación del proceso argentino debe considerar como factores y actores al clima, el suelo, las prácticas productivas tradicionales, el saladero,  los productos de exportación y su evolución década tras década, desde los tradicionales (cuero y tasajo) , la lana, y los emergentes( trigo y carnes de alta calidad), el rol de la mecanización de la agricultura, los inmigrantes ,  las nuevas tecnologías (el alambrado, los molinos para aguada, segadoras, arados, trilladoras, los corrales, los potreros, los montes arbolados,) el papel de las colonias santafesinas, la campaña del desierto y el fin de la frontera peligrosa, la guerra del Paraguay, los molinos santafesinos  y la captación de mercado porteño de harina, los peones golondrina, las cuadrillas para  esquila, la producción de puros de raza ovina y bovina, la extensión  de la red de ferrocarriles, la conformación de una vanguardia ganadera, el rol tradicional del gaucho y su transformación en peón disciplinado, de la estancia tradicional a la estancia moderna, la logística del almacenamiento, traslado y embarque de los granos, el papel de los empresarios en la colonización, los acopiadores, comerciantes y exportadores de grano, el crédito a los productores, el cultivo de alfalfa en régimen de arrendamiento, la contratación de mano de obra, la mejora de las razas, la incorporación de la lechería de alto nivel, la exportación de ganado en pie, el congelamiento de carnes ovinas y luego en de carnes bovinas, la instalación de frigoríficos, las inversiones extranjeras y las garantías por esas inversiones, el acceso al mercado británico, precios de nuestros productos, ganancias, PBI interno general y per cápita. En fin, un largo y complejo entramado de factores y resultados, en algún punto todos ellos asociados, relacionados, en conflicto o  cooperando.
Con estos hechos, procesos, eventos se debe intentar construir un relato coherente, que le de forma y sentido a tanta información.   Mi propósito es descriptivo. Poner orden y exponer pausadamente todos esos elementos ya vale la pena. Más que desarrollar una nueva interpretación, el objetivo es la exposición comprensible de hechos, datos, cifras en búsqueda de encontrar relaciones, interconexiones, interacciones entre personas, grupos, tecnologías, desarrollo  de productos,  técnicas de gerenciamiento…
Para eso me baso en la riquísima y poco explorada base de datos que constituyen los censos nacionales de 1869, 1895 y 1914, los de la Ciudad de Buenos Aires de 1887, 1904 y 1909, el Censo Escolar de 1884, el Censo provincial de Santa Fe de 1887, el Censo de Empleados públicos de 1893, el Censo  Agropecuario Nacional de 1908. Me apoyo en los estudios de los principales economistas e historiadores que se pueden consultar en la Bibliografía, y, sobre todo, en el testimonio de los contemporáneos, desde viajeros extranjeros, colonos, inmigrantes, pensadores, políticos que entre 1870 y 1920 intentaron describir, analizar, explicar el fenómeno argentino de fin de siglo  XIX y comienzos del XX. Como escribió el gran sociólogo e historiador social, Juan Álvarez, rosarino, al escribir su Historia de Rosario, su libro “se integra con muchas transcripciones, porque al invocar testimonio ajeno es preferible hacerlo con las palabras del testigo, y también porque frases de un Alberdi o un Avellaneda no requieren glosador”. Modestamente, intento lo mismo. En un panorama intelectual en el que se  busca originalidad pretendo, por el contrario, dejar que las cifras no sean ocultadas por las construcciones teóricas e  ideológicas  y que los testigos hablen libremente, sin la tijera del glosador.
Acaso no agraden las cifras al lector…Sin embargo, es preciso que se interese por ellas un instante, pues toda la vida pasada, presente y futura de la República Argentina se sintetiza en algunas sumas. (…) En un país como este, las demostraciones secas y áridas de los números se animan y adquieren una apariencia de milagro y de reto. Los totales prósperos , gloriosos, como contentos de sí mismos, se acrecen año en año en columnas cada vez más largas y, de adición en adición, cuando llegan al balance comparativo de las naciones competidoras, hacen ostentación del triunfo, como comerciantes felices, radiantes de alegría.
Jules Huret. De Buenos Aires al Gran Chaco.1911

Creo que es tiempo de reconocer el milagro  argentino. Este país no se recuperará sino no renace alguna forma de orgullo nacional, esta vez lejos de toda fiesta chauvinista. Nacimos en un país  increíble, pero no lo sabíamos.
Este libro intenta recuperar ese orgullo. Y voy a aportar datos para ello. No se trata de retórica sino de datos objetivos, no solo numéricos – que los hay- sino más inasibles como las ideas, las polémicas y los mitos que la literatura de ficción y  el ensayo   supieron corporizar y echar a andar. Pero para  que esos mitos existieran algo tuvo que pasar en esta ciudad y en este país.

Lo que sucedió fue la excepción argentina. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Una breve historia de la propiedad privada

La propiedad privada

1. De la recolección al cultivo, de la propiedad común a la propiedad privada



Existe el Mito de la Edad de Oro, según el cual en tiempos antiguos no existía la propiedad privada, que todos los bienes se obtenían y utilizaban en común. No había ricos ni pobres, ni avaricia ni codicia, y los seres humanos eran pacíficos.
Durante incontables milenios nuestros ancestros se alimentaban a través de la caza, la pesca y la recolección de frutos. Solo hace 10 milenios la agricultura y el pastoreo se convirtieron en los mecanismos habituales para obtener alimentos. Desde el punto de vista de la evolución de nuestra psicología la enorme etapa de cazadores-recolectores aún permanece como un sustrato de nuestra conducta social. Atiborrarse de comida, por ejemplo, es una herencia de esta etapa, en la cual la caza era azarosa y cuando aparecía una fuente de alimentos, animal o vegetal, la gente devoraba esas primicias, ignorantes de cuándo podría repetir el festín.
Algo de cierto tiene ese Mito.   En la época de los recolectores-cazadores nadie era dueño de las tierras ni de las manadas de animales, nadie sembraba semillas, nadie preparaba el terreno para la siembra, nadie poseía herramientas para la cosecha. Solo algunos bienes personales, un abrigo, algún arma- hachas o lanzas-  o algún objeto de adorno eran propiedad individual.
El respeto a la propiedad no dispondría ciertamente de gran arraigo entre las bandas de cazadores y recolectores en cuyo seno cualquiera que descubriera una nueva fuente de alimentación o un más seguro refugio quedaba obligado a comunicar su hallazgo al resto de sus compañeros. (Friedrich Hayek, La fatal arrogancia)
El problema era que en esa “edad”, nada era parecido a la paz y la armonía del Mito. La gente moría antes de los treinta años y se necesitaban enormes espacios para sustentar a unos pequeños grupos nómades que recorrían selvas y bosques en búsqueda de animales y frutos.
Pero, había un serio problema, tal como describe Hans-Herman Hoppe en   ECONOMÍA Y ÉTICA DE LA PROPIEDAD PRIVADA:
Sin embargo la vida de cazadores y recolectores enfrentaba un desafío fundamental. Las sociedades de cazadores‐recolectores llevaban esencialmente vidas parásitas. Es decir, no agregaban nada al suministro de productos entregados por la naturaleza. Sólo agotaban las fuentes de bienes. No producían (fuera de algunas herramientas) sino que consumían solamente. No cosechaban ni criaban sino que tenían que esperar a que la naturaleza regenerara y reaprovisionara. Esta forma de parasitismo implicaba el problema inatajable del crecimiento de la población. Para mantener una vida cómoda, la densidad demográfica tendría que haber seguido siendo extremadamente baja. Se ha estimado que una milla cuadrada de territorio era necesaria para sostener confortablemente una o dos personas, e inclusive, en regiones menos fértiles eran necesarios terrenos más grandes aún
El crecimiento de la población puso en crisis el sistema de cazadores-recolectores.
 El asentamiento, por consiguiente, permitía un crecimiento demográfico mucho más rápido, y una población creciente intensificaba la caza y la recolección locales, lo cual hacía que los alimentos en estado natural escasearan más y más. Esto significaba que los grupos sedentarios acabarían encontrándose probablemente atrapados en un modo de vida cada vez más laborioso, trabajando primero en pequeños huertos y luego en campos más extensos al disminuir los frutos de la caza y la recolección a la antigua usanza.
 (J. R. McNEILL, y W. H. McNEILL, Las redes humanas. Una historia global del Mundo.)


Las soluciones fueron dos:
1)       Apropiarse de terrenos para siembra y pastoreo y de manadas para criar animales.
 Se puede decir que el primer paso hacia la solución de la trampa Maltusiana que enfrentaban con su crecimiento las sociedades de cazadores‐recolectores, fue exactamente el establecimiento de la
propiedad de las tierras. Presionados por el descenso en el estándar de vida, como resultado de la
superpoblación absoluta, los miembros de la tribu sucesivamente (por separado o colectivamente) se apropiaron, cada vez más, de naturaleza (tierra) no‐poseída previamente. Esta apropiación de la tierra tenía un efecto doble inmediato. Primero, se producían más bienes y por consiguiente se podían satisfacer más necesidades que antes. De hecho, este fue el motivo real detrás de la apropiación de las tierras: la idea de que la tierra tenía una cierta conexión causal con la satisfacción de necesidades humanas y podía ser controlada. Controlando la tierra, el hombre realmente empezaba a producir bienes en vez de simplemente consumirlos.(Hope,id.)

“Fue probablemente la necesidad de disponer de una mínima unidad productiva viable lo que dio lugar a que la propiedad de la tierra pasara de colectiva a privada”(Hayek, id.)

2)  Crear unas unidades de producción de seres humanos, las familias. Hasta ese momento los hijos no tenían padre reconocido, hombres y mujeres se apareaban indiscriminadamente y nadie “poseía” hijos propios. Los que nacían eran simplemente, hijos de la tribu. Estos hijos de la tribu incrementaban la población, con lo cual se ponía en crisis el inestable equilibrio comida-población.
“Sin embargo, la economía en la tierra era solamente parte de la solución al problema que se presentó por la presión del aumento poblacional. Con la apropiación se hizo un uso más eficaz de la tierra, teniendo en cuenta que sustentaba un tamaño mayor de población. Pero la institución de la propiedad de la tierra en sí no afectó el otro lado del problema: la proliferación continuada de descendientes. Este aspecto del problema requería también una solución. Tenía que encontrarse una institución social que pusiera esta proliferación bajo control. La institución diseñada para lograr esta tarea fue la institución de la familia” (Hope)

En efecto, cono señala Yuval Harari, existe la presunción de que en esa etapa  no existía la familia.
“Algunos psicólogos evolutivos aducen que las antiguas bandas de humanos que buscaban comida no estaban compuestas por familias nucleares centradas en parejas monógamas. Por el contrario, los recolectores vivían en comunas carentes de propiedad privada, relaciones monógamas e incluso paternidad. En una banda de ese tipo, una mujer podía tener relaciones sexuales y formar lazos íntimos con varios hombres (y mujeres) simultáneamente, y todos los adultos de la banda cooperaban en el cuidado de los hijos. Puesto que ningún hombre sabía a ciencia cierta cuál de los niños era el suyo, los hombres demostraban igual preocupación por todos los jóvenes”
(Yuval Harari, "Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad "
)

O, mejor dicho, la  misma despreocupación. De hecho podría afirmarse que los machos humanos no tenían ninguna preocupación o interés por sus cachorros: no le enseñaban nada, nada heredarían ellos de él.
La idea de la propiedad privada está fuertemente asociada a la idea de  continuidad temporal a través de los hijos. Solo la familia y los hijos garantizan que el hombre se preocupará por adquirir y preservar una propiedad que será su legado al futuro.
Imaginemos una sociedad sin propiedad (en verdad no sería una sociedad). ¿Por qué voy a sembrar una tierra o construir una casa si luego cualquiera puede venir a cosechar los frutos o a instalarse en mi casa? Como no tengo un derecho para excluirlos no podría evitar esas circunstancias, por lo que mejor desisto de sembrar o construir y veo de consumir lo que otro haya cosechado o construido. Así, estaríamos de vuelta en un mundo de cazadores-recolectores o menos aun porque ni siquiera podríamos sostener la propiedad sobre otros bienes o herramientas necesarias para ello (armas para cazar, por ejemplo). Ese sería un mundo pobre, que solo podría sostener a un pequeño número de seres humanos, lejos de los siete mil millones de hoy.
Precisamente porque alguien, gracias al derecho de propiedad, puede ‘excluir’ a otros de su uso es que se convierte también en un ‘protector’ que buscará cuidar y multiplicar el recurso. Resulta entonces que pese a que la propiedad ‘excluye’ recursos del acervo global, en verdad los multiplica y los devuelve con creces.
(Martin Krause)

Con la propiedad de tierras y manadas y la propiedad de crear hijos propios, reconocibles, termina el comunismo primitivo. Nadie mejoraría su parcela de tierra para que otro se quedara con sus frutos. Nadie criaría animales para que los comiera un desconocido. Nadie traería hijos al mundo, futuros productores y consumidores, si no había certeza de que esos hijos pertenecían a determinados padres, es decir, trabajarían en la unidad productiva independiente formada por padres e hijos, con funciones productivas y de crianza de niños y de soporte a los viejos.
 Mientras los grupos humanos errantes consumieron los alimentos que encontraban a mano y los compartieron entre  todos sus miembros, el esfuerzo extra necesario para cultivar huertos careció de atractivo y, sobre todo, el almacenamiento de semillas para la cosecha del próximo año fue poco práctico. Sólo cuando las unidades familiares se convirtieron en consumidores independientes de alimentos se hizo posible el despegue de la agricultura. (McNeil, id.)
O sea, que es evidente la correlación entre la creación de la institución familiar, la transformación de la familia en unidad de producción y consumo, y la creación de la agricultura, y por ende el nacimiento de la propiedad privada.
La agricultura y la ganadería crean entonces la propiedad privada- de terrenos, de animales, de instalaciones productivas, de herramientas- como único mecanismo que permite identificar y personalizar el trabajo productivo. En vez de depredar al bosque, ahora hay que apropiarse de la tierra fértil, garantizar su uso exclusivo para la agricultura, separado del uso para la ganadería, preparar la tierra, ararla, sembrar, cosechar, guardar,acopiar semillas para la próxima cosecha y, por último, intercambiar en el mercado los excedentes de grano o de carne, por otros bienes comestibles o de uso como textiles, cacharrería, adornos, herramientas, armas, etc.
 La invención de la agricultura permanente inyectó tipos nuevos de información a la red humana. Los aprendices de agricultor intercambiaban permanentemente habilidades, conocimientos, semillas y ganado de crianza con las comunidades vecinas.  (McNeil, id.)

2. La Revolución neolítica: agricultura y ciudad
Frente al Mito de la Edad de Oro, según la cual la naturaleza entregaba sus dones sin mayor trabajo humano, la Revolución Neolítica, o sea, la capacidad humana de organizar la producción de alimentos vegetales y animales, criando y cultivando obligó a la humanidad a “trabajar con el sudor de la frente”. Para alimentar a una población creciente, evitar las hambrunas por malas cosechas o por plagas y enfermedades que aquejaran al ganado las personas tuvieron que adquirir nuevas habilidades. Las viejas destrezas de la caza y la pesca (rastrear, acechar, matar) no servían ya para las complejas tareas del cultivo y la crianza.

La introducción de una economía productora de alimentos afectó, como una revolución, las vidas de todos los involucrados en ella lo bastante para reflejarse en  la curva de la población.(…) La comunidad de recolectores  de alimentos tenía limitada su magnitud por la provisión de alimntos disponibles- el número real de animales de caza, de peces, de raíces comestibles y de bayas que crecían en su territorio-. Ningún esfuerzo humano, ni tampoco  conjuro mágico alguno, podía aumentar esta provisión. (…) Las poblaciones cazadoras se muestran muy bien ajustadas a los recursos que disponen. El cultivo rompe, de una vez, con los los límites así impuestos. Para incrementar la provisión de alimentos, sólo es n ec esario sembrar más semillas, cultuivadndo mayor extensión de tierras.Si exustyen más bocas por alimentar, también se tienen más brazos para trabajar los campos.( Gordon Childe, Los orígenes de la civilización)

 Por otra parte, por primera vez, el ser humano alteraba sustancialmente la Naturaleza. La selección de los mejores granos, los más resistentes o los más sustanciosos, generó un proceso de “selección artificial” por el cual, en pocos milenios, se crearon variedades de cereales y leguminosas nuevas. El trigo, por ejemplo, ya no tenía nada que ver con el antiguo cereal silvestre.
 Al principio este trigo silvestre se cosechaba regularmente pero no se sembraba; más tarde empezó también a sembrarse con regularidad. El trigo en cuestión era escandía, antepasado del trigo moderno que, junto con el centeno (originariamente una mala hierba de los trigales), la cebada, la avena, el mijo y la espelta, crecía en estado silvestre en el Mediterráneo oriental. Allí también se refinó para adaptarlo al hombre.  (Hugh Thomas, Una historia del mundo)
 Tuvo lugar entonces un aumento del número de personas y del número de plantas y animales domésticos, porque la dependencia mutua permitió que unos y otros obtuviesen mucha más energía de la faz de la tierra de la que ésta les había proporcionado hasta entonces. Los seres humanos y algunos de sus animales domesticados – no todos- tuvieron que trabajar con más ahínco y cambiar el entorno de forma más radical que antes, creando así más riesgos para sí mismos: hambruna, enfermedades y guerra (McNeil, id.)


Las tareas agrícolas implicaban eliminar las malas hierbas, roturar el terreno con azadas, utilizar el fuego para desbrozar el terreno y mejorar la fertilidad, la utilización de una hoz para cosechar, atar las gavilla de cereal cosechado, pisar el cereal, machacarlo, etc. Todo esto significa mucho trabajo y organización del trabajo: nada es dado graciosamente por la Naturaleza.
Lo mismo, los animales. Los hombres aplicaron la selección artificial, matando, por ejemplo, a los ejemplares demasiado agresivos de las manadas de bovinos, creando así variedades sumisas y fácilmente manejables. No existirían hoy las vacas, ovejas o caballos si no se entendiera este proceso de selección activa que los humanos operaron sobre el medio natural.
Encerrar el rebaño durante la noche y protegerlo de otros predadores cuando pastaba durante el día era esencial para la nueva relación entre los seres humanos y los animales. Al igual que en el caso de los cereales el resultado fue una adaptación radical por ambas partes.(…) Desde el punto de vista de los animales , las armas humanas ofrecían sin duda mejor protección que los cuernos. Pero los pastores sólo podían ofrecer un liderazgo  real matando a los animales desafiantes, con lo que, sin darse cuenta, fomentaran de manera selectiva un comportamiento sumiso (McNeil,id.)

3. Los cereales: la creación del mercado, de la ciudad y del poder del Estado
Cada tipo de agricultura tiene sus condicionamientos geográficos y sociales. La agricultura tropical es descentralizada: cada aldea panta y consume sus tubérculos. No hay un tiempo de cosecha, no hay que almacenar semillas, etc. Por lo tanto, poblaciones aisladas, remotas, han seguido viviendo en el aislamiento en algunos casos hasta el siglo XX.
Además, como explica Gordon Childe, la agricultura no significa necesariamente asentamientos permanentes. En especial, la agricultura de azada, con su gran explotación y agotamiento de los terrenos implica la necesidad de emigrar cada tanto, con lo cual no tiene sentido la construcción de viviendas permanentes.
En cambio la agricultura del cereal implica la necesidad de una gran cantidad de mano de obra trabajando junta tanto en la siembra como en la cosecha. Exige grandes depósitos centrales. El grano no se pudre, por lo cual puede ser trasladado sin peligro de pérdida: Todos estos componentes de los cereales implican que su cultivo es un fenómeno sociopolítico que incluye a los productores agrarios y a los consumidores urbanos.
La ciudad solo se explica por la existencia de trigo, en Europa, y arroz en Asia oriental. El cereal crea relaciones complejas de intercambio, dominación, gobiernos, impuestos, obras públicas, caminos,  es decir todos los componentes que estallarían hace 5 mil años en la creación de la ciudad.
En este contexto de mayor especialización, enriquecimiento del lenguaje, mejora en las habilidades intercambio con poblados vecinos, etc. el trueque se instala como mecanismo de intercambio de excedentes. Eso significó que comenzara a haber una valoración explícita de los diversos bienes. Cuanto más escaso y necesario fuera un tipo de bien, más bienes para intercambiar demandaría. Eso implica un necesario desarrollo del lenguaje, de las interacciones humanas, de la gestión de acuerdos, de la existencia de un imprescindible clima de paz, que permita que el trueque reemplace al robo. Y la existencia de alguna autoridad arbitral que resuelva en los conflictos entre compradores y vendedores.


4. El dinero
El trueque era un avance en relación al robo o la autarquía y el aislamiento, pero estaba lejos de ser perfecto como mecanismo de intercambio.
En principio, se necesitaba que el que ofrecía huevos y pretendía granos encontrara a un excedentario en granos que a su vez pretendiera huevos. Esta combinación muchas veces no se encontraba, con lo cual se frustraba el intercambio. Había que encontrar a un excedentario y un deficitario justamente en los bienes específicos que se demandaban. Y ¿con qué pagar a unos obreros que ayudan a construir tu casa, con “partes de la casa”? Como señala Rothbard, los dos problemas básicos del trueque son la “indivisibilidad” y la “falta de coincidencia en cuanto a necesidades”.
Es por ello que naturalmente se pasó a una nueva creación, el dinero. El intercambio indirecto.
 Pero el hombre, en su interminable proceso de ensayos y fracasos, descubrió el camino que posibilita alcanzar una economía de gran expansión: el intercambio indirecto. Mediante el intercambio indirecto, uno vende su producto, no a cambio de un bien que se precisa directamente sino a cambio de otro bien que, a su vez, es vendido a cambio del bien que uno necesita.  (Rothbard, )
O sea desaparece el problema de la indivisibilidad y el problema de la no coincidencia de necesidades complementarias que tiene el truque.
Y esos “bienes intermedios” que se compran, son las monedas, el dinero. Por sus dos gallinas, el granjero obtiene en el mercado 5 rupias (o taleros, o pesos, o como se llame). Y con esas 5 rupias compra lo que andaba necesitando: una herramienta para podar sus arbustos.
No deberíamos pensar en dinero como monedas de oro acuñadas por el rey, al menos durante miles de años. Esa fue solo una de las formas que el  dinero adoptó históricamente. Como se sabe, hubo bienes utilizados como dinero, tales como tabaco, azúcar, sal, ganado, clavos, cereales, etc. Se han registrado conchillas como medios de pago en poblaciones del Pacífico, hace 8000 años.
Pero luego de ensayos y errores, en todo el mundo conocido, el oro y la plata fueron reconocidos como el dinero por excelencia, por lo cual el “peso” (de oro o de plata) fue la manera de estandarizar su uso: conocido el “peso” (una libra, una onza, etc.) se podía entonces negociar un precio de intercambio: cuantos “pesos” te costará mi kilo de pescado.
Con la existencia de dinero, una mercancía que pertenece a un individuo, no hay “comunismo primitivo” posible. MIS monedas de oro ME servirán para criar mejor a MI hijo. Tantos pronombres posesivos aun asustan a ciertos profetas de la igualdad. Pero lo cierto es que la posesión de dinero independiza al individuo de ciertas servidumbres, es un bien universal que le permite adquirir cualquier producto o servicio.
Como es obvio, es más fácil robar – o perder- dinero que una propiedad inmueble. Poseer dinero implica un riesgo, mucho mayor que poseer una propiedad inmueble. En realidad, toda propiedad mueble (ganado, dinero, granos) tiene mayor riesgo de robo, pérdida o destrucción que cualquier propiedad  territorial.

5. La ciudad
La ciudad supone una concentración de funciones simbólicas-religiosas, la instalación de un poder político , la creación de una clase de funcionarios (recaudadores, contables, escribas, soldados, sacerdotes, consejeros del Rey, etc.) y artesanos (fundidores, talabarteros, ceramistas, constructores, etc.) , por lo tanto, la existencia de recursos excedentes, que son arrancados por la fuerza (impuestos, tributos) a los agricultores. Se calcula que en una ciudad mesopotámica 7,000 funcionarios y artesanos vivían a costa de 25,000 agricultores.
La sumisión de esos 25,000 agricultores se basaba en que el  Poder distribuía remedios religiosos- bendiciones, pasaportes a la inmortalidad-,  regulaba la distribución de agua, el gran recurso escaso, organizaba obras públicas que requerían miles de trabajadores (canales, presas, desmonte, etc.)  y ofrecía protección frente a las bandas de pastores-guerreros que, montados en sus caballos o camellos, ejercían fuerte presión sobre los campesinos , pueblos y ciudades. 
Los pastores tenían experiencia en protección de sus ganados, lo cual se transformó rápidamente en entrenamiento militar: poseían la capacidad de reunirse rápidamente y asaltar los depósitos de grano de los campesinos. En este contexto, los campesinos requerían protección de los soldados profesionales urbanos, a cambio de parte de sus granos.
 Los grupos locales de agricultores no podían igualar la violencia organizada que normalmente ejercían los soldados profesionales pastoriles y urbanos. La sumisión era inevitable y preferible a la resistencia, ya que las rentas e impuestos más o menos previsibles eran más fáciles de soportar que el pillaje desenfrenado. Por consiguiente este sistema pasó a ser el habitual. En efecto, los pastores crearon junto a los soldados profesionales y los gobernantes de los estados agrarios un mercado extraoficial pero eficaz de costes de protección, y fijaron pagos de rentas e impuestos en un nivel que garantizaba la supervivencia de los habitantes de los poblados dejándoles un margen, en los años normales, para protegerse de la posible pérdida de cosechas. Después del año 2500 AEC este tipo de mercado de protección subordinó a los campesinos y sostuvo las civilizaciones urbanas durante los milenios siguientes hasta casi la época presente.(McNeill, Las redes humanas)
La suma del poder religioso, militar y económico se concentraba, entonces,  en la Ciudad. Y esas tres dimensiones estaban íntimamente relacionadas.
Cada dios tenía  su morada terrenal, el templo en la ciudad, una propiedad territorial, servidores humanos, y la corporación sacerdotal. Los documentos descifrables más antiguos de Mesopotamia son, en efecto, las cuentas llevadas por los sacerdotes acerca de los ingresos de los templos. Por ellas se pone de manifiesto que el templo no solo era el centro de la vida religiosa de la ciudad, sino también el núcleo de la acumulación de capital. El templo funcionaba como un gran banco; el dios era el  principal capitalista del territorio (Gordon Childe, Los orígenes de la Civilización)

El Templo, era ,a la vez, la casa de Dios en la ciudad y el deposito que concentraba los tributos que las familias debían pagar.
Cada ciudad era sede de un Dios. Pero ¿Cómo se decidía el sitio de la ciudad? No solo por consideraciones geográficas. Antes de decidirse por este o aquel lugar existía una creencia, el sentimiento de que ciertos lugares son sagrados. El espacio no era homogéneo: había lugares en que habitaba el Cosmos- el orden divino- y lugares aun caóticos- meramente producto de la naturaleza.
 Como ha demostrado Eliade, se establecían en lugares donde lo sagrado se había manifestado en una ocasión, rompiendo la barrera que separaba los dioses de la humanidad (…)
Una vez que se experimentaba un lugar como sagrado, era radicalmente separado de sus alrededores profanos. Como allí se había revelado lo divino, el lugar se convertía en el centro de la Tierra (…) era uno de los lugares donde se podía entrar en contacto con lo divino, lo único que daba realidad y significación a sus vidas.
(Karen Armstrong,  Historia de Jerusalén)
El carácter sagrado de las ciudades, como resulta evidente, es la base de su poder simbólico. Las humildes familias de campesinos llegan, digamos, a  Jerusalén, o Sidón, o Babilonia. Contemplan sus murallas infranqueables, las torres de vigilancia, los palacios del  rey, el Templo, morada de Dios. Su sorpresa se transforma rápidamente en veneración y se someten así, casi sin dudarlo, a la protección de la Ciudad. Como resume Karin Armstrong:
 Después de que Marduk creó el mundo, los dioses y los humanos trabajaron juntos para edificar la ciudad de Babilonia en el centro de la tierra. En Bab-ilani (“la puerta de los dioses”) las divinidades se podían reunir cada año para participar en el consejo de los dioses: era su casa en el mundo terreno de hombres y mujeres, quienes sabían que podían tener acceso a ellos. En el centro de la ciudad edificaron también el gran templo de Esagila dedicado a Marduk, su palacio en la ciudad. Allí vivía e imponía el orden divino a través de su lugarteniente, el rey.  
El Poder se inviste así, desde el inicio, de un halo de divinidad que justifica sus decisiones. Nadie puede cuestionar las decisiones de Dios, transmitidas y ejecutadas por medio del Rey, su representante en el mundo.
La Ciudad, además, era inestable. Había años buenos y años de magras cosechas, años de paz y años de invasiones de pueblos extraños. Había años de tranquilidad y años de rebelión contra los poderosos. Frente a ese cambio permanente, a esa inestabilidad, se reforzaba la creencia en dioses, leyes e instituciones permanentes que aportaban cierta idea de continuidad y estabilidad. El Poder, obviamente, reforzaba ese sentimiento. Fiestas, celebraciones, homenajes, festivales, días sacros, entierros reales, bodas, nacimientos reales eran todos instrumentos de diferenciación entre los reyes y sus vasallos. El lujo, la ostentación de joyas y vestidos, armas y cabalgaduras eran todos símbolos que se exhibían para ampliar la brecha entre los simples humanos y los Reyes, representantes de Dios en la Tierra.
El rey debía no solo construir templos para los dioses. Debía cumplir deberes más cotidianos: fortificar la ciudad, proveerla de acceso al agua, defenderla de los enemigos,. Y tenía que imponer la Ley, una creación divina “que los dioses habían revelado al rey”.
El Rey no solo debía construir murallas, debía –aplicando sabiamente la Ley-mantener el orden social, impedir el descontento dentro de la ciudad, proteger a los débiles, viudas y huérfanos, el bienestar de sus habitantes. Controlar así que un campesinado explotado se rebelara contra el poder y rompiera las murallas de la ciudad.
De este modo, la complejidad creciente de las primeras civilizaciones impuso serios límites a la propiedad privada.
Si bien  en algunos casos los campesinos eran propietarios de sus parcelas, debían entregar buena parte de sus cosechas al Poder, a fin de asegurarse la pertenencia a la Ciudad, que , como hemos visto, es un requisito para garantizar su protección y su misma condición humana, como perteneciente a una comunidad de fieles al Dios de la Ciudad. No se podía sobrevivir en soledad. Solo siendo súbdito del Rey se tenía acceso a bienes terrenales-   riego, protección- y a bienes espirituales como la protección  de los dioses.
Sabemos que el antiguo Egipto la propiedad era del Faraón, y que éste podía premiar a sus generales o ministros con parcelas propias. Pero era una “propiedad delegada”, y así como faraón la cedía , podía recuperarla con un simple decreto real.
Hubo que esperar al nacimiento de normas de defensa de la propiedad privada para que la civilización comenzara su andadura:
Dice F. Hayek:
 … parece razonable también situar el punto de partida del proceso civilizador en las regiones costeras de Mediterráneo. Las posibilidades facilitadas por el comercio a larga distancia otorgaron ventaja relativa a aquellas comunidades que se avinieron a conceder a sus miembros la libertad de hacer uso de la información personal sobre aquellas otras en las que era el conocimiento disponible a nivel colectivo o, a lo sumo, el que se encontraba en poder de su gobernante de turno el que determinaba las actuaciones de todos. Fue, al parecer, en la región mediterránea donde por primera vez el ser humano se avino a respetar ciertos dominios privados cuya gestión se dejó a la responsabilidad del correspondiente propietario, lo que permitió establecer entre las diferentes comunidades una densa malla de relaciones comerciales. Surgió la misma al margen de los particulares criterios o veleidades de los jefes locales, al no resultar posible entonces controlar eficazmente el tráfico marítimo.  
Lo importante es advertir que el desarrollo de la propiedad plural (privada) ha sido en todo momento condición imprescindible para la aparición del comercio y, por lo tanto, para la formación de esos más amplios y coherentes esquemas de interrelación humana, así como de las señales que denominamos precios. El que fueran los individuos, las “familias” (en el sentido amplio del término), o los grupos formados voluntariamente quienes detentaran los derechos de propiedad tiene transcendencia menor que el hecho de que cada actor pudiera en todo momento identificar a quién correspondía determinar el uso a dar a sus bienes.

 . Desgraciadamente, tarde o temprano, los gobernantes tienden a abusar de los poderes a ellos confiados para coartar esa libertad que deberían defender y para imponer su supuestamente más acertada interpretación de los acontecimientos, no dudando en justificar su comportamiento afirmando que simplemente tratan de impedir “que las instituciones sociales evolucionen arbitrariamente”

En suma, la propiedad privada surge en el contexto de
- la aparición de la agricultura y la ganadería
- la institución de la familia como grupo productor y consumidor organizado
-el desarrollo de  redes de comercio incipientes que significaron normas para realizar y hacer cumplir contratos entre compradores y vendedores
- El reconocimiento de derechos de propiedad en manos de individuos, familias o grupos, o sea la facultad de asignar ciertos fines a determinados bienes

- Un poder político, asentado en las ciudades, que provee- por vía del monopolio de la coerción- seguridades a la propiedad, asediada por asaltantes, ejércitos extranjeros, etc. La dialéctica de conflicto entre el ámbito privado y el poder político- encargado de su seguridad- terminó, por lo general, con éste interviniendo y limitando la libertad.  El Estado, dependiente de los impuestos de los propietarios pasa de ser un sumiso delegado a un amo irascible sobre la base de deificar su conformación como poder sobrehumano. Este Estado-Dios fue – y sigue siendo- el más formidable enemigo de la propiedad privada.

martes, 28 de febrero de 2017

La singularidad argentina

 Los argentinos tenemos solo una vaga noción de que este país  alguna vez estuvo a la vanguardia del progreso y atraía a millones de inmigrantes con la promesa de “hacerse la América”. En pocos años un desierto despoblado, cruzado de anarquías y guerras civiles, donde la vida no valía nada, adonde muy pocos extranjeros se animaban a recalar, un país casi olvidado, lejos de los flujos de inversión, comercio mundial y las migraciones, pasó a protagonizar un crecimiento poblacional, económico, social y cultural de los que, con la excepción de los Estados Unidos, el mundo no  tenía memoria. Millones inmigrantes se asentaron aquí, convirtiendo a la Argentina en el país que más inmigrantes recibió entre 1880 y 1930, después   de los EEUU. Recibió notablemente más inmigrantes que Brasil, Australia, Canadá, México.
Pero todo eso, como una bruma,  desaparece de nuestra conciencia y nos despertamos nuevamente frente a nuestra realidad cotidiana.
Creo que es tiempo de reconocer el milagro  argentino. Este país no se recuperará sino no renace alguna forma de orgullo nacional, esta vez lejos de toda fiesta chauvinista. Nacimos en un país  increíble, pero no lo sabíamos.
Este libro intenta recuperar ese orgullo. Y voy a aportar datos para ello. No se trata de retórica sino de datos objetivos, no solo numéricos – que los hay- sino más inasibles como las ideas, las polémicas y los mitos que la literatura de ficción y  el ensayo   supieron corporizar y echar a andar. Pero para  que esos mitos existieran algo tuvo que pasar en esta ciudad y en este país.
Lo que sucedió fue la excepcionalidad argentina.

Escribe Ezequiel Gallo:
“El período histórico que me he propuesto analizar a continuación estuvo marcado por una gran expansión de la sociedad y la economía argentinas, expansión que ya contaba con más de cuarenta años en la década de 1920. Son pocos los investigadores de ese período que estarían dispuestos a cuestionar esa idea.
Sin embargo, buena parre de sus trabajos no destacan suficientemente la importancia capital de ese hecho.
Tienden  a concentrarse en lo que podríamos llamar “los aspectos negativos del proceso”, más que en la propia expansión. Las razones de esto son fáciles de comprender: la mayoría de esos estudios hacen hincapié en el análisis de los elementos menos exitosos de la economía en su pasado más reciente”
De más está decir que el sesgo negativo que esos estudios han generado es el que predomina  ampliamente en la cátedra universitaria, en el periodismo, en la cultura política argentina. Cuando se habla de “generación del 80” se saca a relucir lo anecdótico, lo cuestionable, los errores u olvidos, pero se desdeña presentar el cuadro completo. En ese relato, una minoría oligárquica, rapaz y codiciosa se las arregla para esquilmar al pueblo.
Lo que no se entiende es que el pueblo argentino es, justamente, producto de ese proyecto: los millones de inmigrantes que fueron incorporados al país fueron, en gran parte, los abuelos de los ciudadanos argentinos de hoy. No existiría la Argentina tal como hoy la conocemos si no se hubiera puesto en marcha, con sus problemas, injusticias o errores, ese fantástico proyecto de poblar el desierto, de llenar de granjas la llanura y de extranjeros los pueblos y ciudades del país.
Escribió Horace Rumbold, un visitante inglés, hacia 1887:
“Los pronósticos que me atreví a formular en cuanto a su progreso se han cumplido, de hecho, con holgura. El número de inmigrantes que afluyen cada año se ha triplicado. Tan grande ha sido el aumento de su población de la ciudad de Buenos Aires, que en el curso de cuatro años ha pasado de 300 a 400 mil habitantes… Indefectiblemente, el carácter de los porteños del futuro se verá modificado en su esencia por esta  gran infusión de sangre extranjera. (…) Ya nadie pude dudar que la Argentina tiene asegurado un futuro de gran prosperidad. Pacificada y consolidada, la república se ha lanzado felizmente a la carrera entre las naciones, y de todos quienes desean su éxito, ninguno es más sincero que el autor de esta pequeña crónica de una estadía demasiado breve pero interesante y placentera en su hospitalaria tierra”
 Los extranjeros del siglo XIX se sorprendían de lo que encontraban. En vez de un pueblo atrasado, reaccionario, anticuado, cerrado, encontraban la libertad en los rostros, mujeres que no ocultaban su belleza y amaban ser admiradas, amabilidad y buen trato hacia el extranjero. En vez de provincialismo hispanoamericano, encontraban una sociedad cosmopolita y abierta, deseosa de agradar al extranjero. Esa Buenos Aires antigua esperaba ser una metrópoli mundial y todas las esperanzas se dirigían en ese sentido.
Escribió Ruben Darío en 1910
La Argentina crece, se hace fuerte al amparo de una política de engrandecimiento económico; hace que las grandes potencias la miren con simpatía y celebra su primer fiesta secular con el asombro aprobador de todas las naciones de la tierra

José Martí, luchador americano y referente de muchos de los que expresaron al nacionalismo antiliberal, escribió en 1883 este  homenaje a la Argentina que emergía liderando el progreso.
íCuán distantes las tierras del Plata de aquellos tiempos de encomenderos ensañados y fieros querandíes!
En el pago de La Matanza nacen flores ; por donde corrían, sobre fantásticos caballos  Ios indios invasores, corren hoy, como voceros de los tiempos nuevos, Ios ferrocarriles. Ya el ombú no tiene trenos, sino himnos; ya no rinde Ia vida, a  manos de Garay hazañoso.(…). Ni en lenguas secas y ciencias sofisticas educan los colegios a la gente moza, que va de pie, desnuda la ancha frente y limpio de odio el labio, coreando hosannas, en el avantren de una locomotora. Acólitos no dan ya las escuelas, sino agrónomos ; no enfrenadores de almas, sino acariciadores de la tierra.
No vive ya en Palermo el sombrío Rosas ; ni holgando por los campos vaga el gaucho, ora carneando intrépido Ia res rebelde, ora escuchando, encuclillado al pie del lecho recio donde descansa su indolente amada, las coloreadas y sutiles trovas del payador enamorado. Por la pampa no merodean depredadores sino que cruzan,  seguidos de la escolta que porta en astas altas el patrio gallardete, los zapadores nuevos del ejército: los agrimensores.
Sonríe, maravilla y crece Buenos Aires  adelantada y generosa.(…)
Y la nación entera, trece escuelas normales de profesores que se esparcirán luego por los campos y aldeas, a hacer buena la maravilla del pan y de los peces, y criar maestros; y mil quinientas escuelas, pocas aún, con ser relativamente tantas para calmar la sed ardiente de aquel gallardo pueblo: la sed de los caminadores…

Frente a esta realidad de crecimiento, de asombro y saludos de los intelectuales americanos, el pensamiento crítico, inevitablemente nos recordará la desigualdad en la distribución del ingreso, las luchas obreras, la centralización del poder en una aristocracia.

Acepto el reto de discutir esas consignas, convertidas casi en verdades obligatorias y reemplazarlas con afirmaciones basadas en otro enfoque teórico y en evidencias empíricas. No soy historiador y no me debo a ese estilo frío y distante de la Academia. Prefiero polemizar, provocar e incluso equivocarme a ser, simplemente, un relator desapasionado de la historia.

martes, 14 de febrero de 2017

La Argentina como promesa, 1880-1920


 Prólogo


Acostumbrados a la queja, los argentinos tenemos solo una vaga noción de que este país, alguna vez estuvo a la vanguardia del progreso y atraía a millones de inmigrantes con la promesa de “hacerse la América”. Pero todo eso, como una bruma,  desaparece de nuestra conciencia y nos despertamos nuevamente frente a nuestra realidad cotidiana.
Creo que es tiempo de reconocer el milagro  argentino. Este país no se recuperará sino no renace alguna forma de orgullo nacional, esta vez lejos de toda fiesta futbolera o malvinera. Nacimos en un país  increíble, pero no lo sabíamos.
Este libro intenta, ni más ni menos, recuperar ese orgullo y voy a aportar datos para ello. No se trata de retórica sino de datos objetivos, no solo numéricos – que los hay- sino más inasibles como las ideas, las polémicas y los mitos que la literatura y el tango supieron corporizar y echar a andar. Pero para  que esos mitos existieran algo tuvo que pasar en esta ciudad y en este país.
Lo que sucedió fue la excepcionalidad argentina.
“En la historia argentina no existen tres décadas que hayan experimentado una expansión económica tan significativa como las que precedieron a la Primera Guerra Mundial. “( Carlos F. Díaz Alejandro)
En pocos años un desierto despoblado, cruzado de anarquías y guerras civiles, donde la vida no valía nada, adonde muy pocos extranjeros se animaban a recalar, un país casi olvidado, lejos de los flujos de inversión, comercio mundial y las migraciones, pasó a protagonizar un crecimiento poblacional, económico, social y cultural de los que, con la excepción de los Estados Unidos, el mundo no  tenía memoria. Millones inmigrantes se asentaron aquí, convirtiendo a la Argentina en el país que más inmigrantes recibió entre 1880 y 1930 , después , lógicamente, de los EEUU. Recibió notablemente más inmigrantes que Brasil, Australia, Canadá, México.
 La Argentina estuvo en la compañía de Australia y Canadá, desde 1880 a 1920. Formaban, ellos tres, una especie de grupo local, de galaxias que compartían la cercanía de sus estructuras productivas, tamaño  poblacional, inserción al mundo.Pero, extrañamente, las cosas empeoraron mucho y Argentina perdió de vista a sus compañeras. Dejó de pertenecer al Grupo Local agroexportador y modernizante.
Este recorrido de  140 años, desde la promesa del progreso indefinido a la agonía de la decadencia es el que debe ser explicado.  
 Algo grave y definitivo sucedió entre las décadas del 40 y el 50. Algo que irreversiblemente arrojó a la Argentina del brillante lugar en el que estaba. Si en 1940  el PBI per cápita de Argentina era un 67% del de Australia, en 1980 era el 58% y en 2008 era del 40%, solo del 40%.
Argentina era, orgullosamente el país más poderoso de América Latina en términos económicos. Si en 1870 su valor de producción era solo de un cuarto del de Brasil o México, en 1920 había superado a ambas naciones, colocándose a la cabeza de la producción de bienes de América Latina.
Y si hablamos de PBI per cápita, los datos son aun más elocuentes. Mientras que hacia 1880 disputaba el primer lugar con Chile  , hacia 1910 lideraba sin dudas el ranking. Para 1920 su PBI per cápita era de casi 3.500 dólares mientras que el de Brasil no llegaba a los 1.000.  

Pero ampliando la mirada de los datos entre 1900 a 2008 muestran otra realidad. Chile sobrepasó a la Argentina y Brasil, el eterno competidor sudamericano no está tres veces por debajo de Argentina, sino un 60%. Argentina ya no es la cabeza de América latina sino un jugador más, entre los primeros, pero de lejos de liderar de lejos a su grupo de pertenencia, su Grupo Local.
PBI per cápita 1900 a 2008

 Es verdad. Argentina tuvo hace un siglo el puesto número 8 en el ranking mundial  de PBI per cápita.
Pasó del número 13 en 1880 al 8 en 1910. Para 1930 estaba ya en el 16. Ahora está en las cercanías del puesto 50. Unos 12000 dólares per cápita contra 25000 de Australia o 32000 de EEUU.
Frente a este dato el pensamiento crítico, inevitablemente nos recordará la desigualdad en la distribución del ingreso , las luchas obreras, la centralización del poder en una aristocracia. Acepto el reto de discutir esas consignas, convertidas casi en verdades obligatorias y reemplazarlas con afirmaciones basadas en otro enfoque teórico y en evidencias empíricas.
A eso vamos.


El Big Bang argentino


Algo sucedió  en 1880. Sabemos que la  economía no es causa sino efecto de determinadas condiciones, entre ellas, el marco político institucional. En 1880  se resolvieron a un tiempo viejos conflictos que impedían la consolidación de  Argentina.
En primer lugar la ciudad de Buenos Aires dejó de ser parte de la Provincia de Buenos Aires y pasó a ser un Distrito Federal, La Capital del Estado Argentino.
Escribió Alberdi en su última obra , La república argentina en 1880:
“Este cambio es tan grande que solo tiene dos precedentes en la historia argentina de este siglo: 1 la Revolución de Mayo de 1810 en que la monarquía colonial española fue reemplazada por la República Argentina independiente; 2 la Revolución que derrocó a la Dictadura de Rosas, en que las Provincias argentinas, abriendo sus puertos fluviales al comercio directo del mundo, tomaron la parte de la renta y poder que hasta entonces había monopolizado el gobierno de la Provincia-Metrópoli de  Buenos Aires, por las leyes coloniales.(…)
No son personas, son instituciones las que se han caído en el cambio de 1880; son las Leyes de Indias y la Ordenanza de Intendentes, con su obra más genuina, que era la Capital-Provincia de Buenos Aires, en la forma que esas leyes le dieron para avasallar al pueblo argentino, cuando era colonia de España.
A los setenta años de la Revolución de Mayo contra el viejo régimen, la vida de esa institución monarquista y colonial, continuaba siendo un anacronismo, una distracción, un olvido de la Revolución de Mayo. Era tiempo de ultimar a ese resto de la máquina monarquista que nos quedaba como negación de la República”
El otro conflicto pendiente era, sin dudas, la terminación  del dominio indígena sobre la porción sur del país. Sin abrir esta polémica, que daría para una obra específica, baste decir que desde Rosas a Avellaneda se utilizó la solución militar para neutralizar el poder indígena en la Patagonia. La incursión de Rosas, en 1833 fue tan o más sangrienta que la de Roca en 1879. El juicio de hoy no puede imaginar siquiera qué significaba que el Estado tomara posesión efectiva de ese territorio para incorporarlo realmente a la nación en ciernes. La presencia del indio significaba que el riesgo de producir en el sur de la Provincia de Buenos Aires y el oeste de Cordoba imposibilitaba de hecho abrir esos campos a la ganadería o la agricultura. Ningun inmigrante arriesgaría su vida para instalar una granja en la zona de Tandil.
La conquista del desierto implicó la incorporación de 30 millones de hectáreas a la producción agrícola ganadera de Argentina. Como señala Cortés Conde, esto implicó duplicar el stock de ganado vacuno en 7 años.
Por último, en 1880 Julio Argentino Roca asume como el primer presidente de un país en paz. Paz y Administración fue su consigna. El conflicto interno, la guerra civil no había cesado con la  caída de Rosas. Por el contrario, la división entre Buenos Aires y la Confederación, con su corolario militar de Cepeda y Pavón, los alzamientos de caudillos en el interior, la guerra con Paraguay, el alzamiento de 1874, etc. todo ello conmovía el proyecto de la  Constitución de 1853 de abrir al mundo este país, de terminar con el aislamiento rosista, convocar a los extranjeros de cualquier culto a gozar de los beneficios de la libertad, el libre comercio, la instalación de industrias, el cultivo de los campos.
En su primer Mansaje, al asumir el Gobierno en 1880, declaró Roca:
“El Congreso de 1880 ha complementado el sistema del Gobierno representativo federal y puede decirse que desde hoy empieza recién a ejecutarse el régimen de la Constitución en toda su plenitud. La ley que acabáis de sancionar fijando la capital definitiva de la República, es el punto de partida de una nueva era en que el gobierno podrá ejercer su acción con entera libertad, exento de las luchas diarias y deprimentes de su autoridad que tenía que sostener para defender sus prerrogativas contra las pretensiones invasoras de funcionarios subalternos. Ella responde a la suprema aspiración del pueblo, porque significa la consolidación de la unión, y el imperio de la paz por largos años. Su realización era ya una necesidad inevitable y vuestro mejor título a la consideración de la República será el haber interpretado tan fielmente sus votos. En adelante, libres ya de estas preocupaciones y de conmociones internas, que a cada momento ponían en peligro todo, hasta la integridad de la República, podrá el gobierno consagrarse a la tarea de la administración y a las labores fecundas de la paz; y cerrado de una vez para siempre el período revolucionario, que ha detenido constantemente nuestra marcha regular, en breve cosecharemos los frutos de vuestro acierto y entereza.”
1880 es el cierre definitivo de la Revolucion de Mayo y sus conflictos civiles, y el punto de partida de una nueva etapa. No nos equivocamos si afirmamos que en lo esencial ese programa se cumplió.




La Argentina en crecimiento, 1880 - 1915


Durante tres décadas, de 1880 a 1915, la Argentina fue , luego de EEUU, el país con mayor crecimiento poblacional y económico del mundo.
Argentina multiplicó por tres su población entre 1880 y 1914. Un resultado muy superior a países similares o vecinos como Australia (2,25 veces), Canadá (1,85 veces) , Brasil (2 veces) o Mexico (1,44 veces)

UN CASO UNICO EN EL MUNDO

1880
1890
1900
1914
Crecimiento 1880/1914
Argentina
2,559
3,376
4,693
7,885
3.08
Brasil
11,794
14,199
17,984
24,161
2.05
Uruguay
464
686
915
1,223
2.64
Mexico
10,399
11,729
13,607
14,960
1.44
France
39,045
40,014
40,598
41,476
1.06
Alemania
43,500
47,607
54,388
66,096
1.52
Australia
2,197
3,107
3,741
4,933
2.25
Canada
4,384
4,918
5,457
8,093
1.85
Estados Unidos
50,458
63,302
76,391
99,505
1.97

La población de emigrantes elige su destino en base a un cálculo de costo-beneficio. Nadie elige equivocadamente su país de destino. Y si se equivoca, corrige rápidamente emigrando hacia un nuevo destino. La decisión de emigrar es una de las pocas que claramente son de estricto ámbito personal. No es una política  de Estado decidir que 942.000 italianos hayan estado radicados en Argentina en 1914.   Los Estados pueden establecer acuerdos generales, pero los que deciden finalmente son los individuos. Evidentemente las condiciones de cercanía cultural, existencia de connacionales ya radicados facilitan esas decisiones. Pero el hecho de que  entre 1870 y 1914,   5.573.000  inmigrantes se hayan decidido radicarse definitivamente en Argentina y que 2.729.000 se hayan ido del país en busca de otros destinos habla de un éxito: se atrajeron a muchos inmigrantes y la mayoría se radicó definitivamente en el país.
 Después de EEUU, que recibió a 27 millones  de inmigrantes entre 1860 y 1920 lidera el ranking Argentina, con 5,5 millones radicados definitivamente. Le siguen:
Australia con 3,5 millones 
Brasil, con 3 millones
Sudáfrica con 1 millon  
Uruguay con 600.000 inmigrantes.
El resto de los países no registra cifras significativas.
 En suma, Argentina se transformó para millones de personas en el destino preferido, luego de EEUU. Para muchos de ellos, el primer destino, sin lugar a dudas.
Para que eso suceda Argentina tuvo que poner en marcha políticas activas para crear incentivos a la inmigración. La primera de ellas ya figura en el Preámbulo de la Constitución de 1853, por inspiración de Alberdi:
Nos, los Representantes del pueblo de la nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las Provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la union nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino: invocando la proteccion de Dios, fuente de toda razon y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitucion para la Confederacion Argentina.
Muchas más ya estaban presentes en el articulado de la Constitución de 1853
Señala Alberdi: “He  aquí el dominio de la libertad económica, que la Constitución argentina asimila a la libertad civil  concedida por igual a todos los habitantes del país, nacionales y extranjeros, por los artículos 14 y 20 .  Así colocada esta libertad fecunda, en manos de todo el mundo, viene a ser el gran manantial de riqueza para el país; el aliciente más poderoso de su población por la introducción de hombres y  capitales extranjeros; la libertad llamada a vestir, nutrir y educar a las otras libertades, sus hermanas y  pupilas”.
Artículo 14o.- Todos los habitantes de la Confederación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio, a saber: de trabajar y ejercer toda industria licita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender.

Artículo 20o.- Los extranjeros gozan en el territorio de la Confederación de todos los derechos civiles del ciudadano; pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; navegar los ríos y costas; ejercer libremente su culto; testar y casarse conforme a las leyes. No están obligados a admitir la ciudadanía, ni a pagar contribuciones forzosas extraordinarias. Obtienen nacionalización residiendo dos años continuos en la Confederación; pero la autoridad puede acortar este término a favor del que lo solicite, alegando y probando servicios a la República.

Sin embargo la llegada de extranjeros fue muy escasa hasta 1880. Según Alfredo Lattes en La población de Argentina,INDEC. En la década 1860-1870 entraban unos 15000 extranjeros por año.En el Censo de 1869 se registran unos 211 mil extranjeros. En el de 1895 la cifra sube a un millón.  En 1914 llegaron a 2,5 millones, 42% de la población total.
Roca había afirmado que su administración tenía como un objetivo atraer unos 200.000 inmigrantes por año. Su meta casi se cumplió en el quinquenio 1885 a 1890, y, más claramente en la década anterior a la Guerra, período en el que 1,500,000 inmigrantes se radicaron en el país. La Guerra cortó el flujo de inmigrantes drásticamente y éste nunca se repondría: un millón en la década del 20, 300 mil en la del 30, 400 mil en la del 40, 500 mil en la del 50 y solo 70 mil en la del 60.

Inmigrantes por quinquenio
1870 a 1875
100000
1875 a 1880
43000
1880 a 1885
150000
1885 a 1890
602000
1890 a 1895
156000
1895 a 1900
301000
1900 a 1905
244000
1905 a 1910
785000
1910 a 1915
737000
1915 a 1920
-69000

Pero no solo la población crecía. Entre 1880 y 1914 se registraron los siguientes resultados

1880
1914
Exportacion total
62 millones $ Oro
402 millones $ Oro
Exportación agrícola
4        “
214    “
Exportación ganadera
44       “
132     “
Kilómetros de Ferrocarril
3.000
31.000



Crecía la producción agrícola

trigo

maiz

AÑO
superficie
produccion
superficie
produccion
A1890
1202
845
1244
2240
A1900
3250
2766
1009
1412
A1910
5836
3565
3005
4450
A1915
6261
5790
4203
8260

Crecía, por lo tanto, el PBI.

EN MILLONES DE DOLARES
1880
321
1890
475
1900
816
1910
1947
1915
2200


Las variables básicas de la economía subieron entre 3 y 50 veces en esos años. La gran expansión es, sin dudas, la agricultura.

Ganaderia vs Agricultura


“El ritmo de crecimiento ganadero en condiciones de oferta elástica de tierras fue más alto que el del agregado de sus insumos. La disponibilidad de nuevas pasturas permitió alimentar los ganados existentes incrementando su producción en carne o cueros y además, esto es fundamental, su reproducción (como bienes de capital). En la agricultura todo agregado de tierras dependía en cambio no solo de la tierra sino de las disponibilidades de trabajo y capital. Su reproducción no dependía de solo la disponibilidad de tierras. Por ello el ritmo de crecimiento del producto seguía linealmente al del agregado de sus insumos. En ;la ganadería en cambio, el incremento de uno de los factores de la producción (tierra) afectaba el crecimiento del otro (ganados)”(Roberto Cortes Conde, Tierras, agricultura y ganadería)
La agricultura supone transportes, radicación de trabajadores, condiciones productivas del suelo, clima.  De ahí que es una actividad de mayor riesgo que la ganadería. El ganado es el propio transporte, no necesita de ferrocarriles. Las actividades ganaderas tradicionales y largamente conocidas por los trabajadores rurales, las gauchos, no requieren mayor capacitación. En cambio las actividades de preparación del terreno, desbrozo, desmalezado, siembra, cosecha, almacenamiento, transporte, almacenamiento de semillas, uso de tractores, cosechadoras, etc. requieren más tareas que las ganaderas. La ganadería es intensiva en tierra, la agricultura en trabajo y herramientas.
La ganadería tiene además mucho que ver con el culto al coraje, tradición antigua en estas tierras que Juan Agustín García describió magistralmente en La Ciudad Indiana (pag.75)
 “Así se formaba su carácter guerrero y altivo. Sabe que la vida de la ciudad depende del esfuerzo de su brazo y que un momento de olvido o de flaqueza   puede traer la ruina definitiva. En un medio tan favorable, al culto nacional del coraje toma un vuelo extraordinario; domina en absoluto las ideas , aspiraciones y sentimientos. Es la medida de los valores sociales que sirve para clasificar a los hombres, juzgar las acciones, dar la norma  de la moralidad y estimación públicas, crear las distintas jerarquías , las superioridades que mandarán al grupo, proponiéndose como ejemplo a la imitación, porque es la cualidad más útil y necesaria.(…) Odian al extranjero porque no comprenden la simpatía humana, libre y espontanea.(…) Desprecian el trabajo de las artes e industrias , porque no son oficios nobles…”
La Colonia desalentaba la agricultura, la Cencienta de las industrias.
“Al instante se presenta la triste situación del labrador; este   aunque dueño absoluto de una porción de tierra, capaz en otras partes de mantener a un potentado, vive en ella escasamente y se halla sin recursos y sin auxilio para hacerla producir una porción de frutos apreciables que podrían hacer la felicidad de una familia: desconoce enteramente todo género de industrias, labra solamente aquella porción que considera necesaria a su sustento, los que es peor, desconoce enteramente aquel deseo que nace en los hombres de aumentar sus comodidades y sus bienes”(Citado por Juan Agustin García)
Sobre esa base cultural, en la cual la ganadería era un remedo de la caza y de la batalla, en la cual lucía el arrojo y el coraje de cada cual, en la que no valían más títulos que la valentía, con una tradición transformada en poema nacional gracias al Martin Fierro, de lectura obligada en los fogones gauchos, sobre esa base el rechazo a las tareas agrícolas era absoluto. Simplemente no eran tareas para criollos. Había por lo tanto que esperar que los extraños, los extranjeros, algunos de ellos para colmo, herejes, se  hicieran cargo de sembrar, cosechar, estibar y trasportar los productos del campo.
En El Martin Fierro ese chauvinismo se expresa en forma plena y, claro, graciosa:

Era un gringo tan bozal
Que nada se le entendía
Quien sabe ande sería
Tal vez no juera cristiano
Pues lo único que decía
Es que era pa-po-litano

Yo no se porqué el Gobierno
Nos manda aquí a la frontera
Gringada que ni siquiera
Se sabe atracar a un pingo
Si creerá al mandar un gringo
Que nos manda alguna fiera!

No hacen más que dar trabajo
Pues no saben ensillar,
No sirven ni para carniar,
Y yo he visto muchas veces
Que no voltiadas las reses
Se les quería arrimar

Cuando llueve se acoquinan
Como el perro que oye truenos
Que diablos! Solo son guenos
Pa vivir entre maricas
Y nunca se andan con chicas
 para alzar ponchos ajenos

Pa vichar son como ciegos
Ni hay ejemplo de que entiendan
Ni hay uno solo que aprienda
Al ver un bulto que cruza
A saber si es avestruza
O si es ginete, o hacienda

Culto al trabajo “macho” del gaucho, recelo ante la posibilidad de que los ‘gringos’ ni siquiera sean cristianos, insinuación de que son homosexuales (maricas) ,blandos, cobardes, inútiles: esos son, para el criollo argentino, los extranjeros.
“Así es, nos dice Sarmiento en Facundo, como en la vida argentina empieza a establecerse por estas peculiaridades el predominio de la fuerza brutal, la preponderancia del más fuerte, la autoridad sin límites y sin responsabilidad de los que mandan, la justicia administrada sin formas y sin debates.”
“Es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantes graves y serios, como los de los árabes asiáticos, para juzgar del compasivo desdén que les inspira la vista del hombre sedentario de las ciudades, que puede haber leído muchos libros, pero que no sabe aterrar un toro bravío y darle muerte, que no sabrá proveerse de caballo a campo abierto , a pie y sin el auxilio de nadie, que nunca ha parado un tigre, y recibídolo con el puñal en la mano y el  poncho envuelto en la otra, para meterle en la boca. Mientras le traspasa el corazón y lo deja tendido a los pies.”
“El gaucho no trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en su casa; uno y otro se lo proporcionan sus ganados, si es propietario; la casa del patrón o pariente si nada posee. Las atenciones que el ganado exige se reducen a correrías y partidas de placer.”

Dice Garcia en La Ciudad Indiana. “En 1744 de los diez mil habitantes, solo treinta y tres eran agricultores. La agricultura es oficio bajo. En la madre patria arar la tierra es tarea de villanos y diervos; en América, de tontos. “Los pastores, dice Azara, consideran mentecatos a los agricultores, pues si se hicieran pastores vivirían sin trabajar, y sin necesidad de comer pasto, como los caballos, porque así llaman  a las ensaladas , legumbres y hortalizas”. En cambio, la lucha con el animal semisalvaje, la carrera al aire libre, mandando maniobra del rodeo, con sus nefros, indios y peones, le recuerda las escenas de la vida feudal, familiares a sus antepasados…Su trabajo no es el esfuerzo metódico, el modesto cumplimiento de la ley bíblica, es un sport lleno de azares, emocionante.”
Este cuadro cultural se iba a conmover profundamente durante la revolución agrícola de 1890 en adelante. En 1880 la agricultura era un renglón casi inexistente en la exportación argentina. En 1920 implicaba el 64% de la exportación.
 La transformación de un campo gaucho y ganadero- con tradiciones de destreza criolla, valentía y fiereza-  en una llanura de pequeñas chacras agrícolas a cargo de familias de inmigrantes significó un giro cultural que quizás nunca se destacó con fuerza. Nacía la Pampa Gringa y los Gauchos Judíos. (Continuará)